miércoles, 10 de febrero de 2010

Relato breve: El payaso homicida y algunos delirios



NOTA DEL EDITOR: este cuento fue escrito por el periodista larense Carlos Eduardo Giménnez . En mi opinión uno de los mejores escritores jóvenes de éste país. Un cuento que no tiene desperdicios...  Se los regalo.


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Yacía inerte la mayoría del tiempo. Explorando reveses mentales, recostado cauteloso y estimulado en ese apartamento suburbano, mi breve celda, que por unas cuantas monedas me estafaba cada lapso mensual el foráneo conserje de un edificio viejo y deteriorado. El cuarto o quinto piso, quizá el primero, me alojaron durante el episodio que intentaré narrar en este desgarrador relato.
 
Yacía allí, entonces, frente al armario semi abierto, descifrando temeroso aquella sombra que entre sus puertas brotaba, convencido de que allí, un payaso cuya sed de sangre cada noche despertaba, salía tras mi derrota en el combate contra el sueño y antes que despertase regresaba.

¡Calamidad!, sacrílego payaso quien, dime si sabes, nos destierra a ambos a evadirnos uno al otro… a vengar nuestros tormentos cada noche, yo aguardando para evitar sus desmanes frente a esa guarida dantesca… maestro de las sombra, discípulo del miedo, heraldo de la parca… Se que sales cada noche a buscar almas perdidas, rufianes o inocentes indiferentemente donde dejar tu marca… tu marca que es la sangre, albacea de la oscuridad arrebatada, medianero sayón en su furtivo acecho, homicida silente de quirúrgicas jugadas.
 
Apenas cae la medianoche y aún te aguardo. Van varias horas ya desde que se despidió el rey astro y me encuentro sujetado a esa esperanza colectiva, de corregir el mal, de hacerte frente en actitud altiva y para seguir despierto me mantengo dando sorbos a una pócima cautiva.

Soy un convencido de que el frío, con sus maromas que llevan al hastío, ha sido designado tu principal adepto… cubierto con chamarras, vaho de ambigua procedencia, del temor y de aquel frío, a mi linterna amalgamado resguardo en un rincón desaliñado tus contiguos acervos, absorto del sigilo, tus típicas salidas nocturnales cuyos terribles resultados sigo con precisión todos los días, en los pasquines delirantes que se atreven a contar lo inenarrable en escritos donde el morbo despierta simpatías. Payaso que asesina… o algo por el estilo transmitían…así lo proferían.

Vetusto amigo, me has seguido desde siempre y a cuantos has herido. No lo se, sabrá la noche oscura o el registro minucioso de algún viejo policía, somos la perfecta antología, hace tanto que me hicieron un parásito en la vida…
 
Y te confieso…Tras una interminable cola los mendrugos de mi pensión recojo, al llegar a nuestra casa, la rutina, cierro las puertas con cerrojo y me apertrecho alerta como sereno de tus rondas homicidas.

Esta vez no saldrás, estoy dispuesto a mantenerme en pie toda la noche, haré de mis aguantes un derroche pero no dejaré que cumplas hoy tu cometido. El encierro será hoy premio y castigo, un premio para quienes se libran de tus fauces y un castigo para mí que no he dormido.

¿Estoy despierto?... ¿acaso desperté o estoy dormido?… vacila mi cabeza. Quien sabe cuantas horas así me he mantenido. La luz de aquellos postes, el ventanal de vidrio, las gotas replicantes de un grifo sin amigos funcionan como caldo soñoliento y me absorben en su rito.

Reloj farsante… ¿por qué dímelo infame solo evitas el insomnio cuando ya ha sido vencido?. Ni con cronos pareces ser leal ni consecuente, al menos eso creo, hipócrita confeso, de Morfeo reptil sirviente.

Apenas veo el alba y sé que burlarme ya has logrado… nuevamente en tus sádicas maniobras me he quedado inerme desahuciado, presa de ese sueño incontenible que lanza sus tropeles a mi mente fatigada con sus lánguidos guerreros embotados.

Cruje madera… la luz que se derrama sobre el campo de batalla entre ese armario de carísimas ofrendas y mi cuerpo adormecido es testigo de aquel ruido. Tras otra noche larga, interminable, de vencedores y vencidos escucho casi en alfa el toque de una puerta… se repite incesante una y otra vez…
 
Ahora la nitidez es casi exacta, recobra agilidad mi mustio cuerpo y del ruido se percata…. ¿existe gente afuera?. ¿será acaso el encargado mal hablado de esta pocilga rastrera?... un traquido de un cerrojo destrozado precedido de un puño inquieto contra el ras de la madera. Aún en mi vigilia, intenté alzarme en dos pies para descifrar la escena. Más aunque quise con todas las fuerzas que me exigían por separado cada músculo del cuerpo finalmente no lo pude, por más que quise no conseguí hacerlo. Ante mis ojos atónitos, un puñado de disfraces… gendarmes del festín de las mentiras atando presunciones, hilando conjeturas, disertando sobre el te y mis pastillas.

Junto al diván principal, una evidencia. Cabellera postiza y colorada, al igual que una nariz falsa redondeada última pieza del complot que el chusco hiciera. Maldita la noche traicionera en que el excéntrico bribón de aquel armario, abandonó sus atuendos junto a un diario donde explicaba yo con lujo de detalles lo que hiciera.

Implacables fueron al ver esto. Ahora acá, encerrado en este sitio tan funesto, sigo advirtiendo el terror que han desatado y que yace en ese closet fraticida, custodio del payaso y de su furtivo itinerario genocida que solo yo, pude con estos ojos verlo.


Carlos Giménez
Periodista

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