jueves, 29 de marzo de 2012

Pensamientos

Un Texto de mi amigo Carlos Fernández, mejor conocido el bajo mundillo de los filósofos como "El Emperador Mitt Wottan" sobre el cristianismo, las creencias y demás "yerbas" aromáticas...



Caracas, jueves 29 de marzo 2012 

Supongo que no soy un patriota, tampoco un buen ciudadano. Mi sentido común, si bien histórico, es en extremo personal, lo cual me aterra y reconforta alternativamente. No creo en lo signos, íconos, símbolos y mitos que ha creado la humanidad para escamotear el terror a la muerte. No soy cristiano, eso es obvio. Si bien de niño fui monaguillo, tuve la suerte de contar con la inteligencia suficiente para prevenir el fraude que me anunciaban los adultos, suerte que luego se convirtió en tragedia. 

Creo que somos un fraude porque la cultura que nos dio origen como existencia es también un fraude. Disparates generalizados que asumimos como verdades. Vivimos entre dos grandes mitos: el Cristianismo y el Racionalismo, aberraciones que van de la mano. 

Como de la mano van el montón de buenas almas que se dejan llevar por el consuelo común de la existencia de un Dios humano, tendencia necrofílica de una iglesia satánica y criminal que pretende salvarnos de la muerte pero que utiliza el miedo a la muerte para mantener el miedo. Mientras haya miedo a la muerte, habrá un cristianismo salvador. ¿No fue eso la Santa Inquisición? Los sumos sacerdotes de entonces decidían quiénes era verdaderos cristianos y quienes no. Decidían, en nombre de Dios, la vida y la muerte de las personas. No era jueces, eran dioses.

Caso patético es del señor Pedro Arbués (1485), uno de los primeros agentes de la Inquisición española a quien hoy tenemos como Santo, gracias a la Santa Sede. ¡Bendito! Los cristianos actuales no son diferentes, también se creen dioses. De hecho, con la pura palabra curan a la gente de toda enfermedad. “Yo te declaro sano”, sentencian, y con eso se cura el cáncer.

Nunca entenderé cómo alguien de sana inteligencia pueda llamarse cristiana, a menos que con su fe o su miedo oculte la hipocresía y el miedo a la muerte que anida en su falsa conciencia.

Mitt Wotán.

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