sábado, 23 de agosto de 2014

La mafia de los pasajes de autobús

Fachada Terminal La Bandera - Caracas

Parte I - La Bandera

Por: Ernesto J. Navarro
Publicado en:

¿Ha viajado últimamente en autobús? ¿No? Es decir, ¿Se ha perdido de toda esa diversión?

Pensé que el calvario pa’ comprar un pasaje era un mal exclusivo de Caracas, ya saben: la capital, el agite, que somos muchos, que los que vivimos acá y no nacimos acá y nos queremos ir a nuestro pueblo cada vez que hay un puente…

Resulta que las mafias trabajan más rápido que el internet. Entonces, si usted se encuentra, por ejemplo, en Burere (un pueblito que queda cerca de Carora) le resultará igual de complicado comprar un pasaje de autobús, que si lo hiciese en el Big Low Center de Valencia.

Este mes de agosto de 2014 me tocó mi turno, se los cuento…


Terminal La Bandera - Caracas 
Comienzo diciendo que el Terminal La Bandera de Caracas (se supone el principal terminal terrestre del país) es más feo que un miércoles de cenizas al final de carnaval. Ya en las afueras opera una mafia de gente que trafica con la necesidad de viajar de los pasajeros.

Desde que uno sale del Metro (estación La Bandera) lo persigue una parvada de tipos con cartelitos (un retazo de caja de cartón escrito con marcador) que lo atosigan gritando: Maracaibo, Barquisimeto, Valencia, Maracay, Guanare, Acarigua y qué se yo.



Esos tipos lo acosan escaleras arriba hasta llegar al segundo piso del terminal, donde están las taquillas de venta de boletos. Allí, otro cardumen le grita cosas inentendibles.

Qué se encuentra:

1.-Nunca hay pasajes. La premisa es que no hay y usted debe esperar un bus “habilitado”, esperar que alguna de las empresas venda boletos a la hora que le dé la gana, o que ocurra un milagro.

2.-Se agotaron los boletos para la tercera edad. Cuando usted pregunte por uno de esos pasajes, el último YA lo vendieron –justamente- a la persona que compró antes que usted.

3.-Mafia de los billetes. Resulta que en el PRINCIPAL TERMINAL TERRESTRE del país no hay puntos de débito. Usted debe llevar dinero en efectivo, es decir “billuyos” para comprar uno, dos ó 10 boletos. Con eso, supongo, no sólo evaden impuestos o controles, sino que todo lo que uno desearía fuesen servicios deben obtenerse a punta de realazos.

4.-Olvide las rutas intermedias. Es decir si usted viaja a Ciudad Ojeda, estado Zulia (por ejemplo) Expresos UniZulia, Maracaibo, Mérida, Rápidos Maracaibo, BusVen o alguna otra empresa te lleva, pero resulta que NO HAY BOLETOS SINO SÓLO A MARACAIBO.

Es decir el pasaje Caracas – Ciudad Ojeda cuesta 400 bolos (antes del aumento) y Caracas – Maracaibo cuesta 700 bolívares (sin aumento). El autobús te deja en Ciudad Ojeda pero debes pagar la ruta hasta Maracaibo: 300 bolos más, casi el 100% de la primera ruta, lo que significa el doble del costo inicial.

5.-Los boletos los llenan a mano. Alguna vez hubo un sistema automatizado. Es probable que justo el día que yo fui (7 de agosto 2014) estuviese “caído el sistema”, por tanto no asignan puestos, no indican ni siquiera el número de la puerta de embarque y el error humano está a la orden del día. Así que, empuje o lo dejan.

6.-Los baños. Esto es para escribir una novela aparte. Es cierto que La Bandera es un sitio con altísima rotación de personas, que muchos usuarios maltratan los bienes públicos, que se mean las tapas y el piso y las paredes y las papeleras… pero si tiene ganas de “devolverle la mierda al mundo”, al entrar el mundo te la echa en la cara.

7.-¡A comerrrrr! Lleve una busaca de bolívares, no solo para los pasajes en efectivo sino por si le da hambre. Una miserable arepa con queso cuesta entre 80 (en la bomba llamada Lourdes a las afueras de Carabobo) y 120 bolívares (en Nirgüa).

No hay boletos, opción: Las Busetas 
Finalmente debí irme en una buseta.

-Chamo vente por aquí –me dijo un tipo que no tenía carnet, uniforme ni nada que lo identificara.
-Y el pasaje, pregunté. 
-Se lo pagas al Chofer después que embarques
-¡Verga! ¿Y no me dan nada escrito? 
-Jajajajajaja ¿Tú no eres de aquí, verdad?

Lo seguí, embarqué, me rompí el pantalón con el tubo de un posabrazos que hace años que no está en su sitio y salimos una vez que se llenó la unidad.

5 horas duró la ruta de Caracas a Barquisimeto. Durante el transcurso, el colector nos deleitó con un CD sin fin, de un tipo que canta una especie de vallenato (un poquito más lento, igual de llorón) y que tiene voz como uno de los niños cantores del Zulia.

Todos cantaban. El soldado que se había quitado la guerrera, una señora que llevaba una torta en las piernas, la muchacha que leía un libro de Paulo Coelho, el colector que puso el disco, dos chamos con el pelo al estilo Supersaiyajin, un señor con sombrero estilo coleador de caballos  y dos niñitas que viajaban con la abuela.

No aguanté más y pregunté. La señora de la torta me dijo, mirándome como si yo hubiese llegado del espacio sideral: Ah pues, Romeo ¿No lo conoces? 

3 horas después cambió el disco y le siguió un repertorio de vallenatos, reggeatón y un tipo de apellido... ¡Muñiz! ¿Tú, no tienes radio en el celular? Disparó la señora de la torta.

A todas estas, entrábamos a la avenida Venezuela de Barquisimeto, rumbo al terminal de pasajeros. Levantaban los crespúsculos.

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