viernes, 19 de septiembre de 2014

11 de septiembre en La Moneda



Por: Ernesto J. Navarro

Está sólo en su despacho. Ordenó desalojar el Palacio de la Moneda y apenas un reducido grupo de leales se negaron a cumplir la orden. Salvador Allende Gossen tiene 65 años y la mañana del 11 de septiembre de 1973. Su posición está rodeada y atacada por aviones de la Fuerza Aérea.  

Ha decidido resistir en su puesto. Recuerda que hace apenas dos años, en 1971, durante la visita oficial que el Comandante Fidel Castro realizaba a Chile, él mismo -como presidente recién electo- ha dicho casi a manera de sentencia: 
“…si el fascismo pretende utilizar los medios con que siempre arrasó a los que pretendieron hacer la revolución, se encontrarán con la respuesta nuestra y mi decisión implacable. Yo terminaré de presidente de la República cuando cumpla mi mandato. Tendrán que acribillarme a balazos, como lo dijera ayer, para que deje de actuar”. 

Es noviembre de 1971 cuando pronuncia esas palabras. Fidel Castro, mira fijamente a Allende, lo escucha y responde. “Yo realmente admiro mucho ese pronunciamiento tuyo. Y eso será una bandera para el pueblo”. 

Con el paso de los años, Fidel será co protagonista en un evento similar. Es abril y es 2002. Ocurre en Caracas, no en Santiago. Ahora es Hugo Chávez pero esta vez sus palabras serán otras: “Chávez, tú no eres Allende, tú no mueres hoy”. 

Pero volvamos a La Moneda.  

Este 11 de septiembre de 1973 es el día culminante de un plan que Estados Unidos ha ejecutado sin pudores contra el gobierno socialista de Chile. Luego de invertir varios millones de dólares, una campaña mediática de desinformación, toca actuar a los militares.

A las 7:40 de la mañana el genaral Augusto Pinochet, Comandante en Jefe del Ejército (designado por Allende) llega al Comando de Telecomunicaciones del Ejército y desde allí dirige toda la operación militar que culminaría con el bombardeo, asalto y ocupación del palacio de gobierno. 

Desde esa instalación militar, escuchará el último discurso del presidente constitucional del su país. Un mensaje lúcido y contundente de un hombre consciente de su responsabilidad histórica:
“Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”.

Pinochet toma nota. Sabe que no se trata de demagogia.

El pueblo debe defenderse” dice Allende, “pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse”.

No se rinde nadie 
Pero... no hay clemencia. El que será en pocas horas un criminal dictador (que gobernará 17 largos años), emite sus órdenes por radiotransmisores. No aceptó retrasos ni dilataciones en las operaciones contra Allende.

El palacio de gobierno es rodeado por tanques. Los golpistas dan un ultimátum a Salvador Allende: Debe entregar su cargo a una Junta de Gobierno (así la llaman), formada por los jefes de las Fuerzas Armadas: Pinochet (Ejército), Leigh (Aviación), Merino (Armada) y Mendoza (Carabineros). Además, debe hacerlo antes de las once de la mañana, de lo contrario será bombardeado por tierra y aire. Pinochet exige “rendición incondicional”.

Salvador Allende se niega a rendirse y abandonar el país; se lo ha dicho al pueblo desde el momento en que juró como presidente. No está ganando tiempo, lo que le transmite a los golpistas no es un discurso, es convicción.

Pinochet se muestra implacable, 40 mil chilenos víctimas de su gobierno también sabrán de eso. De inmediato ordena ejecutar su amenaza.

Dos cazabombarderos Hawker Hunter, de fabricación británica y que Chile adquirió en 1967, iniciaron el ataque poco antes del mediodía.

Salvador Allende, entiende con exactitud el peso específico de cada una de sus palabra y sabe que los ataques con disparos hacia La Moneda no van disminuir. Recuerda al guerrillero “Ché” Guevara que, enfrentando a su asesino, se levantó y le dijo: ¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!

Allende no ha sido soldado, es un animal político, pero enfrenta su destino. Se coloca un casco y empuña un arma. Se trata de un fusil de asalto AK-47 que le había regalado Fidel Castro y que llevaba grabada una placa dorada con esta inscripción: A Salvador Allende, de su compañero de armas, Fidel Castro. Cuando la carga sabe que no hay retorno.

Las bombas caen inmisericordes desde el aire y llegan desde varios puntos en tierra. El compañero presidente, el Allende del pueblo, se marchará fiel a su juramento de no entregarse, pero en un evento que aún hoy es motivo de polémicas, y a pesar de las declaraciones oficiales, el asesinato sigue siendo la causa principal de su muerte.

Aún así, él sabe que “más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

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