martes, 25 de noviembre de 2014

¡Dale que ahí viene el tren!


Por: Ernesto J. Navarro 


Tomado de la Revista "Epale Ccs" #105
18 de noviembre de 2014 
Página 11 
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LOS VÍA CRUCIS QUE SIGNIFICARON EL TERMINAL DEL NUEVO CIRCO Y LA AUTOPISTA REGIONAL DEL CENTRO HAN SIDO, EN PARTE, ALIVIADOS POR EL FERROCARRIL DE LOS VALLES DEL TUY. PERO ESTE HA TRAÍDO OTROS INCONVENIENTES, QUE TIENEN SU RAÍZ EN EL COMPORTAMIENTO DE LOS USUARIOS.
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Octubre de 2014. Son las 5:45 am y hago la cola en la estación Charallave Sur del tren de los Valles del Tuy. Unas 120 personas ya están delante de mí. Hombres, niños con uniformes escolares, “aborrecentes” de liceo y hasta mujeres con bolsas plásticas en la cabeza para aislar el secado de la lluvia, esperan su turno para comprar el token cargados de morrales, viandas, chaquetas, paraguas, herramientas y audífonos de todos los colores.

Miro a toda esa gente y pienso que si a Beatriz de Majo se le ocurriera (como ya lo hizo con Coquito) llamar flojo a alguno, seguramente le sacarían la madre felizmente.


¿Se ha embarcado usted en el ferro a una hora pico, digamos 6:00 am, dirección Caracas o 5:00 pm dirección Cúa? Venga pa’ que vea lo que es bueno.

Diez minutos más tarde, luego de hacer mi cola, pasar el torniquete, caminar el pasillo, subir las escaleras y llegar al andén me encuentro con… otra cola.

Me formo detrás de un señor de chaqueta marrón, ocho soldados, unas diez personas con carnés de organismos públicos. Todos, como decía la canción de Billo’s, en correcta formación. Detrás de mí, otras 50 personas.

Aún hay tiempo, la gente está relajada, conversan (todo el mundo habla de política, la mayoría de Chávez, a favor o en contra). Miro una pantallita que guinda del techo, en letras rojas titila: Tren dirección Caracas 5 minutos.


De pronto, un grupo de hombres jóvenes que no estaba en ninguna fila, ingresa al andén con actitud de querer enfrentar a un ejército invasor así no tengan ni caucheras. Operan con sincronización marcial. Comienzan a rodear a los que estamos en la fila esperando el tren. En un impecable movimiento envolvente, ellos ocupan sus posiciones y, de pronto, dos se colocan frente al señor de chaqueta marrón que es el primero de la formación.

Titila el aviso nuevamente: Tren dirección Caracas 4 minutos. Detecto la maniobra y, como aquel que ve bejuco, siento que un escalofrío me recorre la espalda y no sé por qué todos comienzan a perder su relajación y pasan a moverse como en los primeros acordes de un reguetón, uno de esos que segundos después de leves teclas de piano explota en un estridente tonchi, tonchi, ton, chitonchi tonchi tonchi ton.

Todos miran con cara de odio a los “coleados”, pero extrañamente nadie les dice nada. Algunos miran fijo como si una mirada de rabia colectiva pudiese hacer explotar a los hijos de puta.

Tren dirección Caracas 3 minutos. “Viene un vacío”, me dice una señora que está detrás de mí y que lleva un niñito de la mano.
-¿Eso qué es? -le pregunto.
Ella descubre que desconozco el sincronismo de los trenes a las horas pico y agrega:
-Un tren que viene directo a esta estación. A veces algunos que saben se montan en Charallave Norte y ocupan los puestos… Tenga cuidao que aquí parecen salvajes.

La advertencia de la señora cuadra a la perfección con los movimientos que he advertido.

Tren dirección Caracas 2 minutos.
-Tenga cuidado entonces con el niño.
-Que se cuiden ellos -me dice mirando a los coleados con entendible ira. 

Tren dirección Caracas 1 minuto. A 500 metros (calculo) se ve una luz como de un carro. El tren está llegando y aquello de “no pise la raya amarrilla que es el límite de su seguridad” no lo recuerdan ni quienes lo anuncian.

Los coleados saben el lugar exacto donde se abren las puertas del tren, me recuerdan a los pescadores que dejan redes en mar abierto y jamás las pierden. Han calculado la velocidad de la locomotora, lo han estudiado en interminables jornadas semanales de ires y venires entre Caracas y los Valles del Tuy.

Los que no se pararon delante, sino que participaron del movimiento envolvente, empujan a los primeros de la fila. Instintivamente quienes estamos en la fila también empujamos en diferentes direcciones. Se trata de empujones defensivos. Así que todos empujamos aunque no queramos.

Los primeros: “Al que me empuje le clavo su coñazo”. El segundo: “Cuidado que llevo un niño, ¡no joda!”, se escucha en el bullicio.

Tren dirección Caracas saliendo. El tren se detiene, aunque no ha abierto sus puertas. Los coleados (los que ocuparon la vanguardia y los que rodearon la fila), por efectos de los empujones, no solo desfiguraron la fila sino que quedaron todos adelante y ahora están pegados de la entrada del vagón. Lo golpean y en una versión criolla del ábrete sésamo pretenden abrir las puertas con su: “Abre esa mierda”.

Suena un timbre y la puerta se abre. Quisiera decirlo de otra forma, pero es: ¡un mierdero! Lo más rudo es que ese zaperoco es diversión diaria para algunos y una maldición interminable para otros, obligados a usar el tren para evitar la Autopista Regional del Centro.

Pero estamos en la puerta recién abierta. Los que se colearon saltan y se cuelgan de los pasamanos (los tubos que descienden del techo), como si fuesen gimnastas olímpicos se balancean en un solo impulso y pasan de la puerta a una silla. (El Potro debería mandar unos scouts, allí hay talento de sobra).

Otros, amantes del cross country, por su parte, avanzan por encima de los obstáculos-viejitas, de las chicas que perdieron su bolsa plástica del pelo y de los niños que lloran. Los apartan, les escupen maldiciones, les ofrecen nocauts fulminantes (hacen que Inca Valero luzca como aficionado) y cuando alcanzan la preciada silla roja están muertos de risa por la heroica hazaña realizada.

No se crean que fui un espectador pasivo. Producto del movimiento envolvente, entré al vagón de un espaldarazo (no de solidaridad sino uno a mano abierta) y terminé estampillao contra un afiche de la periodista de VTV Janica Merchant que, sonriente, dice: “¡Encarrílate¡”.

La miro de reojo, ella me sigue sonriendo y yo me arrecho:
-¡No joda! ¡Encarrílate tú!


¡CHARALLAVE, SALIENDO! 
Ocho años atrás, el 15 de octubre de 2006, el presidente Hugo Chávez inauguró el ferrocarril que une a los Valles del Tuy con la capital. Si alguna vez usted tuvo que tomar una buseta en el Nuevo Circo con rumbo a Charallave, por ejemplo, podrá hacerse una idea de lo que significó la puesta en marcha del tren para estos usuarios.

Antes del tren, miles de personas se apelotonaban en el viejo terminal de pasajeros Nuevo Circo de Caracas pretendiendo un asiento en uno de esos colectivos que los llevara de vuelta a casa.

Las horas pico eran un sufrimiento diario y la ley de la selva se queda corta para describir los eventos que desencadenaba la entrada de un bus en el terminal ¿Ha visto los documentales de TV donde una manada de leonas, de esas que viven en el parque Serengeti de Tanzania, le brinca encima a un elefante para pasárselo po' el filo? Entonces le será fácil imaginar a un grupo de personas corriendo tras la buseta a pesar de los alaridos de dolor del chofer, el colector y los usuarios que hacían cola; colgándose de las ventanas que estuviesen abiertas para meterse como pudieran por una de ellas y agarrar un asiento y quizá poder apartar otro para un panita.

Las tardes de aguacero torrencial en la Caracas caribeña o cuando pasaban las seis de la tarde hacían la cosa cada vez peor.

Durante las lluvias no había donde guarecerse y las busetas no llegaban a causa de las colas. Con la noche, el Nuevo Circo se vuelve tierra de nadie. Todo esto —además— encarecía el pasaje y hacía el día a los oportunistas. Pasadas las siete de la noche, era mejor buscar un amigo donde quedarse a dormir, porque autobuses a esa hora, nanai, nanai. El panorama ennegrecía las agresiones de la manada de mininos africanos.

Si finalmente lograba agarrar un bus, había que invocar las palabras del Libertador: “Si la naturaleza se opone…”, ya que un dragón lanzallamas de mil cabezas esperaba a las afueras de la ciudad: la Autopista Regional del Centro. Este escollo hace de las busetas un transporte religioso: llegan a su destino solo si Dios quiere.

Los madrugonazos que se pegaban los tuyeros para iniciar el camino de la ciudad satélite al trabajo, a la universidad, a los hospitales eran memorables. La jornada empezaba a las tres de la madrugada, para embarcar a las cuatro y estar en la capital entre las seis y las siete de la mañana, tráfico mediante, para volver del Nuevo Circo entre las cuatro y seis de la tarde.

Es decir, la vida diluida en una cola y la guerra por obtener el beneficio de esclavizar la jornada diaria a la consecución de un asiento, o un espacio donde ir de pie, “no importa”. 

…Y LLEGÓ EL FERRO 
Cuando agonizaban los 90 y Chávez llegaba a Miraflores, el tren hacia los Valles del Tuy era otro alegrón de tísico, de esos que los adecos y los copeyanos acostumbraban darle al país.

Cementerios de concreto, de obras que jamás se terminaron, adornaban calles de pueblos y ciudades. Para cuando Chávez inauguró el Sistema Ferroviario Central Ezequiel Zamora I, línea Caracas-Cúa, la prensa privada recordaba con saña que la obra la iniciaron los adecos por allá por los 80, pero no dijeron que las obras se pararon dos años después porque, para decirlo fácil y rápido, se cogieron esos reales.

Así que la Revolución Bolivariana, con Chávez de maquinista y sonando el silbato, echaba a rodar el primer tren del sistema en octubre de 2006 y que en 41,4 kilómetros de vía férrea y 31 minutos más tarde desembarcaría a los usuarios en la última estación.

La línea cuenta con cuatro estaciones: General Ezequiel Zamora: Cúa; Don Simón Rodríguez: Charallave Sur; Generalísimo Francisco de Miranda: Charallave Norte; y Libertador Simón Bolívar: Caracas.

La revolución invirtió 2,4 millones de dólares para concluir la ruta, algo así como unos 5 millones de bolívares. Las estaciones y sus andenes son sumamente confortables, con innovadores diseños arquitectónicos; espacios abiertos al arte y la cultura, avances tecnológicos y ambiente climatizado. Y, por si fuera poco, el costo del pasaje es apenas 2,6 bolívares.

“El ferrocarril, con sus 14 trenes iniciales, fue diseñado para transportar unas 70.000 personas al día”, dijo el presidente del Instituto de Ferrocarriles del Estado (IFE), Francisco Torrealba, a la Radio Nacional de Venezuela.

Actualmente transporta el doble, es decir, 140.000 personas, con los mismos trenes. Corrijo: con dos trenes menos luego del choque del 29 de septiembre de 2011, ocurrido en el kilómetro 21, dirección Caracas.

En la misma entrevista, Torrealba anunció que 14 nuevos trenes deben llegar al país en 2015 para alcanzar la actual demanda en el sistema. En total, 27 trenes estarán en servicio, ya que los trabajadores del IFE lograron armar uno de los dos colisionados.

Trabajando a paso redoblado, el ferrocarril cumple ocho años con 217.792.457 traslados desde los valles mirandinos hasta la capital y viceversa.

No obstante todo lo anterior, las usuarias y los usuarios del Sistema Ferroviario de los Valles del Tuy, sin importar el rango de edad ni sexo, saltan sobre los vagones lo mismo que a los buses del Nuevo Circo.

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PREÑADA, NO ENFERMA 
-¡Tanta gente mala que sigue jodiéndonos y viene a morirse Chávez!

Indira, mi compañera, apretó la rabia entre los dientes, se pasó las manos por el vientre crecido con siete meses de embarazo y siguió llorando en silencio. Era 7 de marzo de 2013, apenas dos días habían pasado del fallecimiento del Comandante Hugo Chávez.

Venezuela seguía conmovida. Ríos de gente esperaban horas y horas para despedirse del líder en Fuerte Tiuna. Nosotros decidimos no tener esa última imagen: un hombre echado en un ataúd. Por eso salimos de la ciudad a refugiar nuestro dolor en casa de familiares en Charallave.

Su rabia estaba acrecentada aquella tarde. No solo nos quitaron al Chávez del pueblo sino que tuvimos que pasar por la selva en estampida que significa abordar el tren de los Valles del Tuy.

La frase de indignación de mi compañera fue detonada por un tipo de unos 50 años, un hombre entero con pocas canas que también embarcó a coñazos aquel vagón destinado a adultos mayores, personas con discapacidad y mujeres embarazadas o con niños muy pequeños. El hombre pretendía el asiento de Indira y no se le ocurrió otra cosa que argumentar:
-¡Deme el asiento, usted no está enferma, lo que está es preñada!

Y eso no nos extrañó, la verdad. Cuando uno es usuario frecuente del ferro, le aseguró que ve, siente y escucha cosas mucho peores.

Esa misma tarde, durante todo el recorrido de La Rinconada a Charallave, al lado de Indira permaneció de pie un señor de unos 70 años con una bolsa Urolab que le guindaba de la cintura, en la que orinaba. Palpablemente enfermo, parecía invisible para el resto.

El señor de la bolsita llevaba puesta una camiseta roja con los ojos de Chávez en el pecho. En su dolor pensaba que, seguramente, el Comandante Presidente le habría cedido su puesto. El único lugar que no nos quiso ceder fue el de la muerte.

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