jueves, 4 de junio de 2015

Cuentos de Motel #02: "De 'aquello', nada de nada"


Por: Ernesto J. Navarro.
Publicado originalmente en www.desdelaplaza.com
Viernes 29 de mayo de 2015
 
Mientras todo el pueblo de Achaguas estaba en la iglesia rezando al Nazareno aquella Semana Santa, yo hacía lo mismo, pero en el asiento trasero del carro de un amigo. Le pedía a cualquier santo (que no saben nada de sexo) que me ayudaran a mí a tenerlo; que hicieran un milagro simple: que yo pudiera pasara lo noche con La Catira. 

Mi amigo, llanero de pura cepa, se había adelantado con su novia en el motel “Las Estrellas”. 
-Cierren la puerta con seguro cuando se bajen... la habitación es la 23, ya está paga –Me gritó desde la puerta de aquel templo pagano. 


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Todas las vacaciones de mi infancia, fuimos con la familia a pasarlas en Achaguas, en el estado Apure, al suroeste de Venezuela.

Es un pueblo hermoso fundado en 1774 por un fraile, en épocas de la invasión española y desde 1835 ¡Imagínense ustedes! se venera y se celebra al Nazareno Achaguas, una figura a la que la comunidad católica considera milagrosa.

Mi abuela me contó una vez, que ese nazareno fue un regalo que el aguerrido General José Antonio Páez, le hizo al pueblo después de aplastar a los españoles realistas, en plena guerra de independencia.

En las calles de ese pueblo, dejé varias veces el pellejo de mis rodillas infantiles jugando béisbol. Allí y a San Fernando seguí yendo en la adolescencia.

En 2012, con 18 años cumplidos, repetí el viaje, sólo que esta vez eran las primeras vacaciones a las que iba sin la familia.

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Esperé a que mi amigo fuera con su novia a montarse en el “castillo embrujado” y apretando los dientes para que dejaran de temblarme, le robé un beso a La Catira. 

Ella dio un saltito hacia atrás, como de asombro, pero no se molestó conmigo, tampoco por el cabezazo que le dí torpemente: 
-¿Por qué no me avisaste, caraqueñito? -Preguntó sonriendo y sobándose la frente. 

Todo lo que yo sabía de las mujeres lo había sacado de historias fantásticas inventadas o recopiladas en libros. Y para cuando cumplía la mayoría de edad, me había obsesionado con la Doña Bárbara de Gallegos, la había leído 5 veces. Así que aquel jueves santo, yo, el que venía de la capital, me creía Santos Luzardo delante de La Catira, pero en realidad lo que tenía era el culo bien apreta'o. 

La catira, vivía en San Fernando de Apure y era la muchacha más hermosa que había visto nunca y era al mismo tiempo, la más pretendida de la comarca. Según mi amigo, como 7 ganaderos la rondaban y le ofrecían hacienda, vacas y carros para que aceptara matrimonio. Pero ella se los vacilaba. Era prima de mi amigo y creo que sólo por eso estaba conmigo aquella noche. 

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Señoras y Señores! Pasen, pasen... Olvir Quinter Circus les presentará está noche y sólo por esta noche, su atracción principal: Keisy, la burra que baila merengue.. Sólo dos funciones esta noche ¡Adelante! ¡Adelante! 

No pude evitar cagarme de risa cuando vi la larga fila de gente esperando para entrar. Pero no me burlaba, en realidad reía mi.

De niño me habían embaucado igual. Recuerdo que me gasté unos ahorros para entrar al Circo Gitano que, por un mes de agosto, visitaba mi ciudad natal. La promesa de entonces era la misma.

Una vez adentro pude ver una burra, a la que el “domador” la hacía pararse en las patas traseras. Él le tomaba las delanteras y las ponía sobre sus hombros (somo si la burra lo abrazara para bailar) Dándole con un palo en las patas sobre las que se sostenía, la hacía dar saltitos, mientras unas luces estroboscópicas casi nos provocaban una convulsión al ritmo de Marejada de Roberto Antonio. Un show bastante Kitsch. 

Aunque me dieron más que el baile. Además de bailarina, la burra derivó prestidigitadora y con apenas un toquecito en las patas suministrado por el garrote de su domador, pudo adivinar cuál era la única mujer en todo el circo que no llevaba puestas las pantaletas y cuál era el hombre que estaba sentado con su amante. Toda una genialidad.

Fue la primera vez que me robaron en mi vida y la sensación de impotencia es la misma que cuando te quitan una quincena a punta de pistola. 

Entonces mi risa le causó intriga a La Catira. La tomé de la mano:
-Vámonos, después te cuento. 

No puso resistencia a mi mano y pensé que era el momento de alejarnos para hablar, pero mi amigo me agarró del hombro: 
-¿Pa' dónde vas? 
Yo apenas levanté las cejas... 
-No, guevón. Vámanos pa Achaguas, aquí en San Fernando no hay vida.
-¿Y La Catira? -Pregunté medio asustado.
-Se viene con nosotros ¡Cáele que eso está listo! 

Mi amigo creyó que eso me pondría envalentona'o pero sólo consiguió que yo me cagara de nuevo.

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El carro estaba oscuro. Yo me frotaba las rodillas con las manos...
-Y.... ¿Cómo estás? -No se me ocurrió más nada..

Mi timidez crónica me ponía medio idiota con La Catira. Pero en mi defensa debo decir que ella impactaba: rubia, ojos verdes, sombrero de pelo guama con el cabello suelto, camisa azul a cuadros anudada encima del ombligo. Unos jeans que parecía que se los metió con mantequilla y unas botas Loblan tan brillantes que podías peinarte mirándote en ellas. 

No sabía qué hacer. Habíamos llegado al Motel únicamente porque mi amigo (dueño del carro), me dijo en una bomba de gasolina donde paramos a orinar: 
-Yo no sé tú, pero yo voy a 'puyá'. Voy directo al motel que queda por la perimetral.
-¡Verga! ¿Y yo que voy a hacer? La Catira se va a arrechar conmigo.
-Hazte el loco. -Fue lo único que me dijo mi amigo.

No sé que le diría la novia de mi amigo a La Catira mientras nosotros fuimos al baño, pero cuando reanudamos la ruta dentro del carro había un silencio crudo. Únicamente atiné a decir... nada.

Más bien estaba como templando los reflejos porque creí en cuando llegáramos al motel, la chama iba a darme mi coñazo.... Nadie habló. Fuimos como de camino al calvario.

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-¿Cómo estoy? Ya no me duele el cabezazo, si es lo que quieres saber...
-Yo no quería... -Dije.
-(Risa) Es echando vaina, no me dolió.
-Que te parece... ... Bueno, no sé si tu...
Si! -Dijo ella. -Intentalo otra vez. 

Y ahora con su auxilio, fue un “piquito” mucho más dulce. Cerré los ojos y creí que los santos estaban obrando en favor mío. Pero ya dice un viejo adagio: el camino del cielo está lleno de espinas. 

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-¿Quieres que entremos? ¡Total! Ya esa habitación está paga y es mejor esperar allá, que aquí en el carro.
Hoy pienso que pude haber inventado algo mejor, pero en ese instante no se me ocurrió nada más.

Ella no hizo oposición. Si noté que se bajó un poco el sombrero como para que no le vieran el rostro en el motel. Una vez dentro, hablamos todo lo que no hablamos desde que nos conocimos. Yo ensayaba algunos algunos besos, aunque temiendo ser rechazado.

Pero de a poco, entre charla y charla la duración de los besos se iba extendiendo. Yo no terminaba de creer que semejante mujer estuviese conmigo en una habitación de motel, encerrados, perdidos de las miradas del mundo. De pronto me dí cuenta que ella, de forma recurrente miraba mi pantalón, justo donde era imposible ocultar la erección... Pero casi consigue desaparecérmela cuando intenté abrirle la camisa y me apartó las manos:
No, no! -Susurró.

Desde ese momento, comenzó un maratón de casi dos horas por toda la habitación. Yo la perseguía, ella me besaba y huía. Se acercaba, me tocaba por encima del pantalón y volvía a retirarse. Entraba al baño repetidas veces:
-¿Qué tanto orina? Si no hemos bebido nada. -Me preguntaba.

En medio de uno beso muy largo, pude quitarle la camisa y sus sostenes sin mayor resistencia. Sus senos juveniles eran perfectos y hasta me permitió que los besara. Yo casi desmayo, sentí un sacudón en la cabeza. La Catira vio mi cara de extasis y de inmediato dejó clara la situación: 
Hasta ahí, no más! Porque de aquello, nada de nada.

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Mi amigo ya había salido del motel con su novia y se quedaron dormidos esperándonos.

Los santos a los que había rogado asistencia, debían haberse entretenido con otra cosa, porque a mí me parecía que “el milagro” se me esfumaba de las manos.

Reinicié las conversas y ella se relajaba y volvían los besos y todo iniciaba de nuevo. Yo quería extender el encuentro de nuestras bocas, ella los detenía para comenzar a vestirse.

A mi, me parecía que los besos largos eran mi tabla de salvación. Luego de besarnos como 10 minutos (quizá fueron sólo dos) pude tocarla "allá abajo" pero sobre el pantalón, ella movió sus caderas despacito. Entonces me animé y poco a poco bajé el cierre de su bluejean. En un acto acrobático le quité las botas sin dejar de besarla y... ¡Dios es grande! Su pantalón salió volando por la habitación.

Pero como si un corrientazo le alcanzara la espalda. Se puso de pie más rápido que un centellazo y cerró las piernas de forma tan violenta que me alcanzó la cabeza con un talón:
-¿Es una venganza por el cabezazo, verdad?

Quise volver con los besos pero ahora La Catira parecía definitiva en el cierre de sus piernas. Fue tan intraficable su rostro que la única opción que tenía a mano era tumbar el Rey y declarar: Me Rindo. 

Mi inexperiencia no me permitía descubrir el motivo de aquel estira y encoge. Como si fuese uno de estos investigadores (que ahora abundan en la tele) que llaman “CSI”, enumeraba: “Nos besamos, entramos al hotel, nos desvestimos, nos tocamos, no le desagrado... ¿Qué pasa? Coño, ya se... ¿Será que le parece que lo tengo chiquito? ...su madre”...

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Hay un dicho familiar que hemos repetido unos a otros y con el que los míos conjuran los malos tiempos: “A nadie le falta Dios”.

Y así, como en el teatro griego el Deux ex machina permitía la entrada de los dioses para intervenir favorablemente en la situación del héroe. Lo mismo que en la batalla casi perdida, aparece el auxilio de una columna de soldados aliados que arremete contra el enemigo... llegó mi tan implorado socorro divino.

Se cuenta que Alejandro Magno tuvo el reto de desatar el nudo gordiano (eso recordé) y, ante mi incapacidad para soltar aquel enredo, como si blandiera una espada para cortarlo, lancé un beso desarticulador y en movimiento envolvente (dicen las tácticas de guerra) me abrí espacio con los dedos entre las piernas de La catira y descubrí el terrible misterio: tenía la pantaleta rota. 

Entendí que la vergüenza la causaba de ese pequeño hueco en las pantaletas. Respiré aliviando. "Da lo mismo, cortar que desatar", me dije, mientras rompía la pantaleta y recordaba la frase del rey de Macedonia.

Estaba húmeda. 

XXX 

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Agradezco la asesoría editorial del colega, amigo y escritor Pedro Ibañez.

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