sábado, 20 de junio de 2015

Cuentos de Motel #05: El primer motel de nuestras vidas



Por: Ernesto J. Navarro
Publicado originalmente en: www.desdelaplaza.com
Viernes 19 de junio de 2015

Si usted busca en un mapa verá que Lagunillas: es una población del estado Zulia (Venezuela), ubicada en el municipio del mismo nombre. Que es la capital de la Parroquia Venezuela y además sabrá que se encuentra geográficamente sembrada entre Ciudad Ojeda (límite norte) y Bachaquero (al sur. El nombre no tiene nada que ver con los bachaqueros actuales).

Lagunillas, dicen los mapas, abarca desde la carretera “R” hasta la carretera “W”.

Es una pequeñísima franja poblada pegada a las costillas de la Costa Oriental del Lago de Maracaibo o más concretamente separada de las aguas por un muro de contención (una barricada monumental que robó tierras al lago y que fue erigida por la holandesa Royal Dutch Shell). De no ser por esa monstruosidad de dique, Lagunillas sería la Atlántida(1).

Fue levantada como un “campamento petrolero” a comienzos del siglo XX  y sus “urbanizaciones” como las llamaron luego en los años 80, son puras casas prefabricadas donde los obreros podían vivir (¿?) cerca de su lugar de trabajo.


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Mi niñez y adolescencia transcurrió entre los 80 y los 90. Vivíamos escuchando música en la radio, pescando dónde sonaban un tema de Fito o Charly para grabarlo en un casette “TDK”  y bailábamos en las interminables “Guerras de Minitekas” que se hacía cada fin de semana en el Club Alianza (que después se llamó Zumaque).

Si tus padres no trabajaban en Maraven, no tenías muchas opciones para divertirte. Finalmente, se reducían a dos: los Boy Scout o Fumar Marihuana.  Yo primero fui Boy Scout.

El grupo de Boy Scouts “Antonia Esteller” se reunía en la plaza Bolívar de Campo Grande o Rancho Grande (la gente llama de las dos formas a esa urbanización).

Se trata de la plaza Bolívar más triste que ví en mi vida. De hecho nadie le decía jamás “La Plaza Bolívar”, todos el mundo la llamaba “La Plaza de Campo Grande”. A no ser por que los scouts cantaban el himno nacional allí cada sábado, nunca hubo nada más en ella. Ni un acto “cultural”, ni una ofrenda, ni un colegio que la visitara. Consistía de un pedestal de, más o menos, dos metros de altura, donde reposaba un busto chiquito de El Libertador, que no se sabe quién lo hizo, ni cuándo lo pusieron allí.

El padre de la patria está rodeado -como si fuesen sus escoltas en un primer anillo de seguridad- por uno árboles rarísimos: que tenían unos troncos enormes de ramas esmirriadas que no daban ni sombra. Más afuera, en círculos concéntricos, se repartían otras matas sin mayores trascendencias. Era una plaza que medio la mantenía la empresa Maraven, como por no dejar. En realidad los clubes siempre fueron mejor atendidos que el solitario Simón.

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Una tarde, luego de terminada la reunión de los scouts, un grupito nos quedamos jugando en los columpios que estaban al lado de la placita. Nos mecíamos de pie y a una velocidad de F-16 para lanzarnos hacia adelante y decretar quién caía más lejos. Cada nueva marca se señalaba con los zapatos del que la obtenía. Ganaba aquel que no se partiera una pierna, o los dientes.

Comenzaba a caer la noche cuando mi amigo Rooselvet Contreras, me pide que mire “aquel movimiento extraño”, que había detectado en un árbol cercano.
Vamos! -Gritó.

Y unos diez menores lo seguimos a la carrera sin saber a donde íbamos.

Faltarían unos pocos metros para llegar al árbol de destino, cuando una chica se levantó de un banco de cemento, de los que había en la plaza y nos paró en seco:
Ey! ¿Pa' dónde van ustedes?... ¡Caminando! Los coñitos pa' su casa, que ya es de noche.

Rooselvet gritó algo que no entendí, apuntando su voz hacia las ramas oscuras de aquel único frondoso árbol.

Los otros que lo habíamos seguido rumbo al árbol “del movimiento extraño”, huimos espantados por la amenaza de aquella chica y cuando finalmente nos detuvimos en la esquina de la calle que daba a la casa del señor Molina (famoso por vender unos cepilláos espectaculares) preguntamos qué carajo era lo que había pasado.
Ah verga! ¿Ustedes no saben? -Preguntó Rooselvet intrigado con nuestro silencio, y con la inocencia colectiva. -Ahí queda la mata del culiandito.

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En realidad su primer nombre fue “la mata de los 4 de'os”. Una obviedad sin ninguna historia importante, ya que su tronco estaba como dividido en 4 extensiones de similar grosor, pero sus ramas superiores eran de un frondoso manto, que contrastaba con la aridez del resto.

Algún ingeniero del amor, en cierta oportunidad que la historiografía no ha logrado detectar, clavó entre dos ramas una tabla que medía aproximadamente 1,80cm de largo por 1,60cm de ancho (según me cuentan) y luego de que este árbol fuese cobijo de amantes sin dinero para un motel, pasó a ser reconocida con el remoquete feliz de: La mata del culiandito.

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“Yo estoy convencido de que el dicho ese, de pueblo chiquito infierno grande, lo inventaron aquí”, me dijo una vez mi amigo y colega Jesús “el Churras” Rivero en medio de una de nuestras caminatas etílicas. Sin carro ni dinero para gastar de más, comprábamos caña clara, la metíamos en un mapire y “a pata”, caminando las calles, nos la empinábamos.

Y es que Lagunillas es una sociedad super conservadora y por ende machista, gobernada por tres iglesias: La Santa Rosa de Lima (católica), La Iglesia Cuadrangular (cristiana) y El Botón (un prostíbulo hoy clausurado).

Lo que resulta más extraño que en una comunidad donde a los pelúos los llaman “mariquitos” y donde mareas de gente caminan a la iglesia cada domingo, fuese tan tolerante con aquel motel popular.

La plaza está rodeada de casas. De hecho una cuadra bastante larga pasa a menos de 50 metros de aquel santuario del amor. Los vecinos jamás denunciaron a nadie. La guachimanera(2) no perseguía a los amantes. Ahora que lo pienso, era como la zona de tolerancia del pueblo. En realidad, la única amenaza eran los niños descarriados que corrían de noche por las calles cercanas y cuya diversión era hacer descolgar del árbol a unos amantes a medio vestir que no tenían vigía.

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Usar la mata del culiandito requería de una logística importante o más bien de la solidaridad de un o una confidente.

Había que esperar a que cayera la noche. Luego aproximarse a ella usando el terrenito adyacente (un rectángulo de media hectárea que jamás fue iluminado y era cancha improvisada de fútbol durante el día). Una vez que ocupabas el motel, hacía acto de presencia: la solidaridad. Es decir: un amigo o amiga que se quedaba abajo sentado en un banquito (mientras la pareja gozaba de los placeres de la carne) para cantar la zona, que en esa época consistía en dar aviso a otros furtivos de que la tabla se encontraba en uso (¡Esos si eran Panas de verdad!).

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Hoy, cuando observo a mi pueblo con la distancia de más de 20 años viviendo fuera de él; y en “la capital”, observo todo el trajín de los amantes sin carro, ni casa, que deben buscar taxi, gastar un dineral en moteles, administrar las ganas a razón de la economía, o caminar a oscuras por las calle de los hoteles buscando pieza como María y  San José... extraño la sencillez natural del primer motel de nuestras vidas.

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2.-La empresa petrolera, desde la época de la Shell ha tenido su policía privada. Esos “guachimanes”, se movilizaban en Lagunillas a bordo de unas camionetas pick up coronadas con cocteleras tipo patrullas de policías que la gente popularmente bautizó como “las guachimaneras”.























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