sábado, 13 de abril de 2019

Olor



Por: Ernesto J. Navarro 

Estos días de apagones y largas oscuranas, hemos ensayado varias formas de alumbrar el hogar.

Pasamos de la linterna del celular, a unas velas que se consumen a velocidad meteórica. De las velas a las lamparitas con agua-aceite y algodón (arrechísimas), de ellas, a una versión que sustituye el algodón por servilleta, y por último, a una laboriosa tarea de remendar 4 chompines viejos que derivaron en dos plenamente funcionales.

Desde hace rato esos chompines han sido parte de la decoración. El tío Dante Olivo A Gueno se los heredó a Indira, y estuvieron en repisas y paredes, colgando alegremente por allí.

Desde el primer apagón me impuse la empresa titánica de reactivarlas.

Busqué kerosene en cuanto abasto se me cruzaba por la mirada, limpié delicadamente las esferas de vidrio que protegen la llama, intercambié mechas y piezas de metal, descarté los chompines que tenían fugas y chorreaban el combustible al piso, y más importante aún, traté de convencer a Indira de que ese olor "se iría pronto" del departamento.

-Además, ¡mira como saca las manchas del piso! -Agregué publicitariamente, mientras pasaba un trapo con Mistolín por encima del kerosene para disumular el tufo-.

Desde que se me incorporo el espíritu de los chompines, yo era el único venezolano que deseaba un apagón. Le pregunté a mis colegas de Corpoelec "'¿cómo va la cosa?", esperando que me dijeran que estaba jodido el asunto. De verdad deseaba apasionadamente un corte de electricidad solo para alumbrar la casa con los chompines... ¡Y ocurrió!

La noche que ¡por fin! prendí los chompines, las niñas jugaron a caminar por el departamento y alumbrar como en las pélículas, cuando un viejito en camisón, gorro y pantuflas, levanta un chompín (*) y lo deja a la altura de su rostro.

Había olvidado sí, un pequeño detalle: siempre que usé un chompín (en mis años mozos), lo hice al aire libre. Nunca en un departamento.

Así que vencido por la contundencia de los hechos (y la mirada de "te lo dije"), los apagué en medio de una espesa nube de gases con olor a kersosene. Y aunque abrimos las ventanas y batía una brisa considerable, el olor seguía flotando en casa como una posesión.



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No fue del todo malo. Esa nube akerosenada me trajo de vuelta una serie de recuerdos infantiles "y/o/u" juveniles, a los que había sacado del inventario.

Como aquella noche de 1993 en la que, tendido sobre una colchoneta, ví la noche más estrellada de la que tengo memoria. Acampaba en los altos mirandinos, en un terreno que, 21 años más tarde, sería el lugar donde Indira y yo criaríamos a nuestras hijas.

Lo mejor de todo esto es que, entre un apagón y otro, redescubrí también la potencia de los olores en mi memoria.

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 -Los vapores que desprende la manga de colar café me hacen recordar con exactitud, qué estaba haciendo mi madre mientras cantaba tal o cual gaita.



-El olor a semerucos, por ejemplo, me lleva de inmediato a la casa de mi Tía Negra en Guanare. Yo tenía 4 años y "La Negra", esa tarde, me iba pasando semerucos que agarraba de una matica.

-También sé que los gases que desprenden los balancines, en su perpetuo vaivén, me llevan a las partidas de béisbol sobre las ardorosas calles de asfalto del campamento petrolero.

-Pero con los años afiné los sentidos y me he especializado en detectar otro tipo de olores. No me refiero a fragancias de desinfectantes, me refiero a olores de verdad.

Uno en particular me parece más incuestionable a medida que lo pienso: La piel de Indira Carpio Olivo me huele a lluvia. Es quizá su olor más persistente. Aunque como el fenómeno natural, ese olor varía dependiendo de si el estado de ánimo es: llovizna, chubasco o paso de nube (como le dice mi abuela María a la lluviecita breve que sucede sin que se oculte el sol).

Cuando está feliz, ella huele a mango de bocado, pero si está furiosa huele a tierra mojada.

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Quizá mi vida no sea más que eso. Un olor que se engancha con un video que está almacenado en algún archivo de la cabeza. Un hilo delgado que de vez en cuando se tensa o afloja, creando chispazos que hacen saltar una imagen olvidada.

A veces esta vida es solo eso, cerrar los ojos y oler, respirar, estar vivo.


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(*) Ah! En el Zulia llamamos “Chompín” a las lámparas de kerosene. A esas lámparas hay que tenerlas impecables, siempre, para que puedan ofrecer una luz decente, ya que cuando se ahuman (se ensucian) el reflejo es triste. De allí que cuando uno se viste bonito, limpiecito, bien peinado no falta quien te grite en la calle: "Veeeerga, estáis como un chompín".

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