sábado, 14 de septiembre de 2019

Una buena batida

Edén Cadenas, sanadora. / Foto: Mariana Navarro

Por: Ernesto J. Navarro

-¡Ernes! -me dijo Indira- (Bueno, ella me dice así, sólo ella... por cariño. Bueno, a veces, en privado... Vainas de nosotros. No sé pa' que lo cuento) ya se te va quitar todo. Te van echar una buena batida.

Pelé los ojos.

-¡Verga, Indi! ¿cómo así? ¿Y tú estás de acuerdo? -indagué con temor.
-Vente, que ella te está esperando ya... -dijo agarrándome de la mano.



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En una esquina oscura de ese inmenso patio, estaba la mujer con la que Indira acordó “la batida” que yo iba a recibir.

Ella, una mujer adulta, entera, con cuerpo y actitud de atleta de alto rendimiento. Tenía el cabello envuelto en un pañuelo multicolor, manos grandes, que sentí suaves y tibias cuando me tomó de las mías y con una sonrisa maternal me pidió que me sentara.

Me acercó una silla de esas que se usan en las fiestas (patas de metal, cuerpo de plástico blanco) y luego ella se sentó en un taburete en medio de mis piernas. Tan cerca que mis rodillas quedaron a mitad de sus muslos... tragué grueso.

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El dolor de cabeza no era normal. No, en serio. Dos pepas de “dol plus”, cuatro tazas de café negro bolón y seguía sintiendo como si dentro del güiro, tuviese un tipo pateándome los ojos hacia afuera... bueno así.

Me senté en la orilla de una jardinera. Cerré los ojos y asumí pose de meditación queriendo dominar mi mente.
-Respira, respira (me decía) tú puedes controlar este dolor ¡Coño, no. No puedo! Vergación de dolor...

Mil ojos me escrutaban. Yo estaba en el patio de una vieja casona donde había un encuentro de parteras, matronas y demás brujas maravillosas. Cada dos segundos, alguna se acercaba a preguntar “¿te pasa algo?” o “¿estás bien?”. Si, decía yo, ya me tomé una pastilla. Pero no me dejaban tratar de engañar a mi cerebro que dolía.

Indira, me había pedido unos minutos para buscarme una ayuda adicional a mi dolencia, y para negociar con Pola la compra de una libreta de hojas blancas, con la que ahora me da clases de dibujo a cambio de billetes de a 100 bolos. Billetes que la Pola guarda para su primer día clases (eso dice).

Cuando Indira volvió, traía la oferta de una buena batida.

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La mujer que estaba en medio de mis piernas o yo de las suyas se llama: Edén Cadenas. Y aunque es una sanadora, la gente dice que es “sobandera”.

Hace 30 años que sana con sus manos. A cada paciente le realínea la estructura ósea, también sus músculos, tendones y venas.

Cuando le piden que explique qué es lo que hace, suelta con toda seguridad:
“Hay pocas cosas tan ancestrales como el movimiento de la energía para la sanación. Esto es chamánico. Tratamos desde lo invisible. Es una mezcla ente lo práctico y lo mágico”.

"Cierra los ojos", me dijo Edén. / Foto: Mariana Navarro.

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-Cierra los ojos, -pidió.

Recuerdo me dio unos golpes fuertes en varias partes del pecho. Me sacudió los hombros. Tocó mi cabeza. Apretó mis manos en puntos específicos, también mis brazos. Y luego me dijo al oído algo sobre mi padre. Una cosa que nadie podía habérselo contado a ella...

Lloré, sin querer controlarlo. Edén me abrazó tan maternalmente como me sonrío al principio. Luego me besó la frente y me agradeció (ella a mí) que la haya dejado ayudarme...

Entonces mi dolor cedió...

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