martes, 1 de octubre de 2019

El Comandante de la policía

Foto: Indira Carpio Olivo / 2016

Por: Ernesto J. Navarro

Tenía 19 años y ya cargaba encima el traje de “reportero” (aunque sin graduar).

Había hecho un período de pasantías en el diario El Informador de Barquisimeto y me topé con un jefe al le dio nota mi forma de escribir. Por eso me dejó hacer casi lo que me dio la gana.

Entonces, cuando me aparecí a pedir trabajo en el diario El Regional del Zulia, una vez terminadas mis pasantías formales que ordenaba la universidad, el jefe que me atendió quedó “impresionado” (me dijo), por “el tipo de reportajes” que le estaba mostrando.

Quiero “eso que escribes” para el periódico, me dijo, mientras me llevaba del brazo a la sala de redacción.



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Yo escribía historias (aún no las mentaban crónicas), que iban a contravía de lo que me enseñaron en la universidad.

Aquellos días, yo me la pasaba obsesionado con la lectura. Leía de madrugada y apuntaba en un cuaderno “Caribe”, notas sobre las formas de contar de varios autores gringos: Capote, Poe, Hemingay, Kerouac, Faulkner. Todos ellos, o casi todos, habían ejercido el periodismo o publicado en periódicos y revistas... y yo quería eso, aunque fuese una ilusión romántica.

Pero por un lado leía a estos genios, y por otro, recibía clases de periodismo con un profesor que me condenaba:
“Navarro, muy buen trabajo, creativo incluso, pero voy a calificarlo mal. Usted debe aprender a no discutir la línea editorial del medio. Su trabajo es cumplir la pauta que le asignan. Para eso están las '5Wh'. No se ponga a inventar el agua tibia”.

Supongo que trataba de domarme.

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Lo más loco, es que siempre me topé con buenos periodistas, cómplices, “alcahuetes”, que me animaron a escribir como quería, aunque a veces me pedían notas 'pajúas', “ya sabes para cumplir y que no te ladillen siempre”. Orángel Valera (Jefe de Información de El Regional), fue el primero en alentarme.

Ah, ah!!! Hubo un profesor, de apellido Cótiz, que enseñaba teoría económica.

Cotiz era recontra buena gente. Un maracucho-narrador nato, que cuando se fajaba a echar cuentos era muy divertido, pero la materia me ponía al borde del suicidio.

Entonces, en medio de una borrachera con un licor barato que destilaban en Sabaneta (Maracaibo) llamado “Cuatro Letras”, se me ocurrió hacer los trabajos en forma de cuentos cortos, ficciones sobre temas económicos que veía evaporar de las calles infernales de Maracaibo.

Aprobé esa materia con la máxima calificación. Cotiz, que me celebró cada cuento, jamás me devolvió ninguno de los trabajos.

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En los deportes veía la mayor posibilidad de historias para contar.

Recuerdo que una vez me hicieron viajar en el autobús que llevaba a los jugadores del equipo de fútbol “Deportivo Unicol”, a un encuentro con Deportivo Táchira en el histórico estadio Pueblo Nuevo. El mismo en el que René Torres le clavó un golazo de larga distancia a la Argentina de Maradona en 1985.

Rafael Dudamel, Gabriel Urdaneta, Jesús “Chuy” Vera y hasta “El avión” Medina (fichas de ese equipo) iban en aquel autobús.

Al chofer se le ocurrió poner en las pantallas la película “Speed (Máxima Velocidad 1994)”, protagonizada por Sandra Bullock y Keanu Reeve. Esa en la que un bus cargado con explosivos debe acelerar sin posibilidad de clavar los frenos, ya que eso los haría explotar. Y aunque viajé con tipos que admiraba, ídolos futbolísticos de los años noventa y pico (casi 2000), y con los que pude hablar cómodamente, tomar café, echar cuentos... Fue el viaje más cagante de mi vida ¡Malaya película!

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Un día me asignan a cubrir “sucesos”. El periodista de esa fuente estaba de vacaciones. Creyeron que yo podía “inyectarle poesía” a las noticias de muertos, asesinatos, robos y accidentes de tránsito.

Mi primera pauta fue en la sede de la policía regional (delegación Cabimas) que comandaba un tipo de la Guardia Nacional. Habían “capturado” de manera “in fraganti” a cuatro chamitos que asaltaban una agencia de loterías.

Los hicieron salir del calabozo: descalzos y sin camisa (por su propia seguridad, dijeron. Así evitaban que alguno quisiera ahorcarse con la correa o los cordones). Los colocaron de pie frente a una pared con el logo de la policía, esposados, con las manos en la espalda.

Uno de los fotógrafos del diario tenía por costumbre darle de coscorrones a los “presuntos delincuentes” esposados, mientras les increpaba:
“Esta verga te pasa por no estar estudiando, mardito”

El Comandante, que ya conocía la rutina del fotógrafo, esperaba que terminara con su tanda de coscorrones exorcizantes, y procedía a echar el cuento del operativo en clave policial:

“Siendo las ocho cero cero am (Punto). Una comisión de efectivos policiales a mi mando (punto)... Capturó a un grupo de sujetos que perpetraban un atraco, al establecimiento de venta de loterías identificado con el nombre “Sortilegio”, ubicado en el sector 'La bateíta' de este municipio. Una vez sorprendidos, los efectivos les incautaron armas de fuego de pesado calibre [nunca las vimos, las armas]. Los delincuentes pertenecen a una banda llamada.... esteeeeee...”

El Comandante hizo una pausa. Me miró, miró a una mesa llena de santos y velones que tenía en su despacho, miró a los detenidos, y dijo en voz alta:
“Se llaman, se llaman... mmmmmm....Ponle 'Los loteros', Banda Los Loteros”.

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Después de tres semanas cubriendo sucesos, viendo cadáveres en la morgue y tipos tiroteados en las emergencias de los hospitales volví a escribir mis historias.

Me habían dado un espacio en la sección de opinión (ya que mis cuentos no cabían en ninguna otra parte del diario). Allí aparecían pequeñas historias que me inventaba bajo el título: “De lo urbano y lo vano”.

Un día llegué al periódico y había un revuelo.

Resulta que en uno de sus operativos, el Comandante “detuvo” a dos chicos bastante jóvenes y que fueron acusados de microtráfico o algo así.

Resultaron ser estudiantes universitarios a los que les “sembraron” unas pruebas incriminatorias, por no querer 'bajarse de la mula'. Pa' terminarla de cagar, eran hijos de unos ricachones y en el peo hasta intervino el gobernador.

Como había plata de por medio, el asunto terminó con la liberación de los chamos, la destitución del comandante, los oficiales involucrados en el operativo... y un derecho a réplica (no se llamaba así todavía) en el periódico.

Todo ese peo, me dio una de las más reales lecciones de periodismo judicial.

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